·amores caprichosos·, Constelaciones Familiares, Hábitos amorosos y saludables, Maternidad

Mi niña interior quiere comer dulce para tomar del dulce de la vida: de mi mamá

Me pongo a la tarea de escribir mi nueva entrada sin saber de qué tema voy a hablar. Estoy sentada al frente de mi computador, pido un volcán de Nutella (mi postre favorito del mundo mundial), abro mi página de edición y encuentro los borradores que he estado guardando durante este tiempo en mi blog. Aparece de primero este título y pienso “obvio… acerca de esto voy a escribir”.

Hace 2 años y medio estaba sentada en mi casa frente al televisor y tomé una decisión que no he podido cumplir: iba a dejar de comer dulce. Me iba a convertir en una persona que no come dulce porque decide no hacerlo (como mi mamá y mi hermano quienes son salidos de un planeta diferente al mío, porque dicen – y se les nota – que no comen dulce porque no les gusta) y para eso me iba a dar 1 año. A partir de ese momento tenía un año para comerme todo lo que quisiera y luego, no más. Se lo comuniqué a Lucas, él simplemente dudó, no… no me creyó. Mi decisión no estaba basada en un tema de apariencia física ni en las ganas de reducir la celulitis, la tomaba porque siento que mi relación con el dulce no es sana. Hoy leí una definición de adicción que me gusta: adicción es toda conducta que no podemos parar, aunque represente consecuencias adversas. Esa es mi relación con el dulce, no puedo parar y tiene consecuencias que no me aportan ni me favorecen la existencia. Me cae mal en el cuerpo, me da dolor de cabeza, me acelera el corazón, me engloba el cerebro, cuando quiero comerlo no puedo dejar de pensar en él, entorpece mi metabolismo, impide mi buen dormir. Este sí que es un amor muy caprichoso. Creería que el más caprichoso que tengo.

Han sido muchas las maneras que lo he intentado, empezando por ser consciente del tema, hacer una constelación para encontrar el enredo sistémico, aprender acerca de lo poco beneficioso que es para mi cuerpo, hacer una terapia de pulso (con la que mi mamá dejó de fumar después de 50 años de haberse fumado 1 cajetilla diaria, 50 años!!!!! y yo no puedo dejar el dulce???), rendirme, aceptarlo… pero todo ha sido en vano. Siempre vuelvo al mismo mensaje adentro y fuera de mí: tiene que ver con mi emoción, con el dulce de la vida, con mi mamá. Hace unos días estuve en una sesión de terapia con alguien maravilloso que me acompañó a llegar a la misma conclusión y se trata de lo siguiente:

Cuando estaba en la barriga de mi mamá para ella la vida estaba siendo difícil, por lo tanto yo sentí que la vida era difícil, amarga. Cuando nací, me sacaron (fue una cesárea) y yo sentí que me arrebataron mi lugar seguro, que me estaban poniendo en donde no era fácil, donde era amargo. Mi mamá no pudo alimentarme, así que no tomé de ella el alimento vital, el dulce de su amor, lo que la vida tenía para nutrirme. Para mi mamá fue difícil la existencia cuando yo fui una niña, tenía mucho dolor en su corazón, estaba congelada, y yo sentí que no tuve de dónde tomar. Y entonces siendo una niña decidí tomar del dulce en esta vida “amarga” de otra manera: con la comida. Me comía todo lo dulce que me pasaba por enfrente. Toda mi vida ha sido un tema, toda mi vida he sentido ese congelamiento emocional. Por favor no me malentiendan, no estoy queriendo decir que todas las personas que nacemos por cesárea y que no fuimos alimentadas con leche materna estamos condenadas, ni mucho menos que si tenemos hijos por cesárea y no podemos alimentarlos les estamos haciendo un daño irreversible… pero mirándome, reconociéndome, sintiéndome, cada vez que me he encontrado ante este recuerdo, toma todo el sentido del mundo lo que me pasa.

Mi maravillosa terapeuta me dijo: tienes que conectarte con tu emoción y tienes que sanar a tu niña interior, tomar a tu mamá y decirle a esa niña de 0, 2, 5 años que se sintió sola, que todo está bien, que ya estás grande, que tú te haces cargo de las dos, que no hay peligro y que sobrevivieron. Cuando me lo dijo me hizo mucho sentido pero al mismo tiempo pensé “¿pero no es esto lo que llevo haciendo todo este tiempo? desde que empecé a estudiar Constelaciones, ¿no me he dedicado a tomar a mi mamá, tal y como es, con lo que pudo darme y con lo que yo pude tomar?” La respuesta es sí, pero también es, que me falta un pedazo y es esa niña interior a la cual hoy le estoy dando el permiso de comerse lo que quiera mientras le digo “tranquila, estamos juntas, el dulce de la vida está en la vida, te acuerdas? lo sientes cada día, no temas más“…

En Constelaciones lo primero que nos enseñan es que para poder estar en la vida completamente y recibir, mejor, tomar de ella todo lo que queremos, necesitamos tomar primero, como fundamento, si o si a nuestros padres, tal y como son y como fueron, con lo que nos gustó y no nos gustó de ellos. Necesitamos hacerlos humanos y reconocer que lo hicieron lo mejor que pudieron, que nos dieron todo lo que tuvieron para darnos y que creyeron que lo estaban haciendo bien, aunque en nuestros corazones hubieran quedado vacíos. Ahora que soy yo la que estoy al otro lado puedo entender, sentir, reconocer perfectamente esto que hace unos años era solo una idea en la que tenía que confiar y debía aprenderme. Puedo darme cuenta de que cada día hago lo mejor que puedo para Joaco, pero sé, lamentablemente sé, que en su corazón habrán vacíos por lo que no hice como el quería o como el necesitaba… al vivirlo de este modo, con este sentido de compasión y sobre todo de admiración por mis padres, puedo dejar un poco el capricho y hacer lo que espero que sea el último paso para soltar mi adicción.

Lo sigo intentando, quiero lograrlo, quiero tomarlo todo completamente, quiero sentir el dulce de la vida y quiero que la Carolina de 2 años se sienta reconciliada también.

Y al final, el volcán de Nutella estaba delicioso…

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