Bienestar Consciente, Constelaciones Familiares

Lo que gané al dejar de ser la que no era

Últimamente me veo contando mucho en mis consultas la historia de cómo crecí creando un mundo interno paralelo al que vivía afuera, porque sentía que era una amenaza mostrarme tal y como era, sentía que era una mejor apuesta la de tratar de ser lo que se suponía que debía ser, lo que encajaba bien y lo que los otros querían o necesitaban que yo fuera. Nunca fui buena en el asunto. Ni era buena siendo lo que no era, ni permitiéndome ser lo que sí era.

En las consultas explico siempre que lo único que realmente se necesita para ser feliz y estar bien (o por lo menos lo que yo he descubierto después de tanto rollo), es ser auténticamente tú. Es de las tareas más astronómicamente difíciles que me he puesto en la vida y que invito a mis consultantes a seguir. La promesa es oro! pero el camino es delicado. En últimas, se trata de conocerte, de saber cuáles son tus amores caprichosos y darles un buen lugar, uno que sí sea útil. A eso es a lo que me dedico, a enseñarle a la gente a conocerse y a procurar que en el camino se gusten.

Por mi parte, creé ese mundo interior siendo una niña para encontrarme conmigo misma cada día, después de pasar horas tratando de ser mirada por mis padres. Regla # 1 de Constelaciones: todo se trata de los padres. Todo se trata de nuestro anhelo, deseo y necesidad de ser mirados por ellos. Yo, estaba muy equivocada. Por muchos años sentí que no me miraron, que no miraban a la persona que era yo realmente, y por eso me esforcé tanto en mantener una pelea constante con mi papá, de ese modo garantizaba su atención. También descubrí la buena estrategia de querer salvar a mi mamá, así garantizaba que me necesitara y me mirara. Pero fracasé. El precio que pagué fue demasiado alto.

Estaba equivocada porque el problema no era la falta de mirada de mis padres, el problema era que miraban otra cosa, una cosa que no era yo realmente, pero era lo único que tenía para mostrarles. Esa responsabilidad es mía.

Mi mundo interno era delicioso! en él estaba tranquila, me sentía segura, auténtica, no juzgada. Pero me sentía muy sola. Para seguir con mi fachada estudié una carrera que no quería ni me gustaba (la misma de mis papás para tener algo en común con ellos), trabajé en empresas como se suponía que debía hacerlo para cumplir con el libreto en el que me había montado, vivía mis relaciones pidiendo más de la cuenta porque estaba tan vacía que necesitaba que alguien o algo me llenara… y todo se sentía mal.

Así que después de una gran crisis en mi vida, en la cual por primera vez tuve los pantalones de decir lo que quería hacer y lo que necesitaba para mí, empecé a decidir lentamente que ya era hora de ser yo, de mostrar lo que era, de dejar de buscar la mirada de mis papás porque no la iba a encontrar hasta que no me presentara con autenticidad. Decidí crecer, hacerme adulta. Decidí que estaba dispuesta a perder algunas relaciones que ya no quisieran estar con esta “nueva” versión de mí (que irónicamente era la original) y que me arriesgaría a ver qué podría ganar a cambio. Mi mayor miedo: que a Lucas no le gustara lo que tenía para ofrecerle. Mi mayor regalo: la promesa que resultó ser oro.

Como seres humanos tenemos una característica esencial: somos seres sociales. Tenemos una necesidad básica y primaria que es la supervivencia y en nombre de ella – o para poder garantizarla – nos pasamos la vida haciendo muchas cosas, muchas de ellas reales tonterías, pero todo es jalonado por esta necesidad. Para poder sobrevivir necesitamos de un sistema que se haga cargo de nuestra existencia al nacer porque solos no podemos, es nuestra naturaleza, y ese sistema por defecto es la familia. En caso de no haber una familia para cumplir con este cometido, alguien debe hacerlo… y allí es donde nace nuestro deseo más supremo: el de pertenecer. Lo exploramos y experimentamos toda nuestra vida, desde que nacemos, siendo niños adorando a nuestros padres, mientras estamos en el colegio y hacemos amigos, cuando somos adolescente y salimos de nuestra casa (el sistema de origen) para encontrar nuestro segundo sistema en donde garanticemos continuar la vida, en el trabajo, con la pareja, en la sociedad, siempre… Y por este deseo y necesidad de pertenecer es que estamos siempre, inconscientemente, continuamente, buscando la mirada de nuestros padres, porque sin ella nuestro cerebro cree – falsamente – que moriremos. Hacemos lo que sea por tener un lugar, sin saber que por derecho de nacimiento ya lo tenemos. Allí me encontraba yo, siendo quien no era para que me miraran y garantizar mi existencia. Privándome de mi derecho supremo de ser. Desperdiciando mis días sintiéndome vacía. Queriendo darle a todos sin estar llena por dentro. Vaciando mi energía.

Todo ha cambiado. Me he encontrado. He llegado. Pero esos ratos conmigo misma los sigo necesitando para recordarme quien soy y desde donde vibro. Por eso en mis días garantizo tener espacios para oír mi voz interior, pero la de verdad, no la fabricada. Necesito el silencio para balancearme. Busco estar sola, no para huir sino para recordarme. Me exijo buscar ese equilibrio y no es negociable. Esto le apunta a mi amor propio y garantiza dejar el capricho de creer que si soy lo que los otros quieren que sea, voy a estar a salvo.

A muchos les resulta extraño encontrarse con esta versión de mí y me dicen que he cambiado mucho, a lo que yo respondo: “Es cierto, he cambiado mucho! A ratos me sigue dando susto, pero ahora soy yo y eso me gusta más”.

4 comentarios en “Lo que gané al dejar de ser la que no era”

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