Constelaciones Familiares, Maternidad

Se necesitaron 2 vasectomías para decidir no tener más hijos

Nunca me había sentido tan mirada, tan reconocida, contemplada, aprobada por mi familia como cuando les dije que estaba embarazada y que íbamos a tener un bebé pronto. Renunciar a esto al decidir no tener más hijos no fue tan difícil para mí como pensé que habría podido ser.

Siempre quise ser mamá, no recuerdo algún momento de mi vida (anterior a estar casada) en el que hubiera pensado en no serlo. Desde que era novia de Lucas teníamos claro que queríamos tener 2 hijos, inclusive estaban decididos sus nombres. Fue él, antes que yo, quien tuvo la valentía de sentir que era el momento. Yo, era un mar de dudas. Sabía que mi vida, aquella que llevaba tantos años fabricando y que por fin me estaba gustando, estaría a punto de cambiar rotundamente si tomaba la decisión. Básicamente me demore poco más de un año para darle el sí, sí quiero, quiero contigo… este era el sí definitivo. No fue el que le di el día que nos casamos, no, porque ese se podía romper en cualquier momento. El “sí quiero un hijo contigo” era la unión para toda la vida.

Recuerdo que estábamos metidos en el mar del suroeste asiático de vacaciones cuando Lucas me dijo que estaba listo y yo solo gagueé, le dije que me asustaba mucho la idea y que debía pensarlo. Siempre he sido una mujer que piensa mucho las grandes decisiones que toma, y esta era la más abrumadora de todas. Brindamos, nos tomamos una foto para conmemorar el momento y empezó ese año, el de la decisión. Por primera vez me di la oportunidad de pensar en qué tal sería mi vida si no tuviera hijos, y la idea me gustó… Ser yo, siempre yo, únicamente yo me gustaba. Durante un mes estuve navegando en esa posibilidad, porque quería tomar una decisión habiéndolo considerado todo. Así fue y al final del tiempo, a pesar de que la idea me coqueteaba mucho y yo la miraba, sentí adentro de mí que el deseo de saber quién sería yo como mamá, de conocerme en ese rol y de tener algo definitivo con Lucas era más grande, así que por fin me decidí. Iba a ser mamá!

Se suponía que ese iba a ser el primero de mis dos embarazos, y lo vivimos con toda, llenos de ansiedad, expectativas, de intensidad. Me gustó mucho estar en embarazo, no fue fácil sentirme cambiar tanto, pero me gustó que fuéramos Joaquín y yo en uno durante tantos meses. Y claro, lo que más me gustó era el lugar de privilegio que empecé a ocupar y la mirada que por fin estaba recibiendo. Era la que mi fantasía mental siempre había añorado, por fin era la preferida… bueno, eso era lo que mi mente me decía. Me encantó ver en mis papás su mirada de satisfacción, de orgullo, de aprobación y de antojo por la vida que iban a tener pronto, la que tendrían gracias a mi decisión. Me encantó que todos estuvieran tan pendientes de mí, de lo que necesitaba, de lo que quería. Me encantó que mi papá me dijera que era el regalo más grande que le había dado. Me encantó ver cómo mi mamá se llenaba de una forma de amar que no conocíamos. Me encantó!

Pero algo muy raro pasó. Un día, de repente, empecé a pensar que un solo hijo era suficiente, que no quería tener más. No se trataba de lo difícil que estuviera siendo el embarazo, o de lo sola que me sentía en ese momento porque vivía por fuera de mi país. Era simplemente la confirmación de un deseo que no sabía que tenía. Cuando se lo conté a Lucas su primera reacción fue decirme que no, acompañado de todas las frases que hemos oído por los últimos casi 3 años: “¿pero cómo lo vamos a dejar solo?, ¿cómo lo vamos a privar del placer de tener un hermano?, ¿qué tal que le pase algo y nos quedamos sin hijos?” (esta era la frase más absurda de todas para mi)… inclusive nos han dicho “uno es ninguno“… ah? uno es ninguno!!!!… pero poco a poco Lucas se fue contagiando de mi idea y empezó a conectarse con el sentimiento de que tener un solo hijo también estaba bien. Estábamos ahí, a puertas de conocer a Joaquín, decidiendo que sería el único para nosotros. Una decisión que parecía un crimen para muchos, pero que para nosotros representaba la libertad de vivir la familia que queríamos tener.

En esos momentos tuve mi primera jugada del ego en el asunto y a mi mente llegó la idea de que si no tenía más hijos, no iba a volver a sentirme así de “amada” y de mirada como lo estaba siendo. Ese amor que yo quería seguir recibiendo era muy caprichoso, y lo sabía, sin embargo me cuestionaba si quería renunciar a él. Y ahí fue cuando lo recordé, gracias a la vida que lo recordé!

NO NECESITO SER NADIE DIFERENTE A QUIEN SOY, NI HACER NADA DIFERENTE A LO QUE QUIERO HACER, PARA QUE MI FAMILIA, ESPECÍFICAMENTE MIS PADRES ME MIREN. LO ÚNICO QUE ELLOS QUIEREN, LO ÚNICO QUE COMO PADRES LOS HACE FELIZ EN RELACIÓN A MI, ES QUE YO SEA FELIZ ··· NADA MÁS.

Uffff que descanso! si no lo hubiera recordado posiblemente estaría embarcada en otro embarazo, otro hijo y otra vida, solo – o en gran parte – por tener su aprobación. Los tiempos en los que hacía tantas tonterías para ser quien creía que ellos querían que yo fuera, han terminado. Los tiempos en los que tengo la certeza de que para hacerlos felices solo necesito ser feliz yo, están aquí, presentes… Me puse en disposición de quitarle el capricho a ese amor de mi familia y de sentirlo tal y como era.

Lucas se operó no una, sino dos veces! porque la primera vez no funcionó la cirugía. Las dos veces que tomamos la decisión pude conectarme con el mismo sentimiento, el de la certeza de querer ser yo y de tener la vida que quería diseñar para mí y para mi familia. Fue extraño tener que tomarla dos veces, pero fue bonito ver que estaba siendo coherente.

En últimas, la decisión nisiquiera fue mía, fue de Joaquín. Él me lo dijo estando en mi barriga, me dijo que quería ser el único hijo de los Llano Pérez…

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