·amores caprichosos·, Bienestar Consciente, Constelaciones Familiares

Yo era una persona realmente insegura

Toda mi niñez, adolescencia y adultez temprana fui lo que se cataloga como una mujer insegura, y me decían: “el problema contigo es que tienes baja autoestima, tienes que ser más segura de ti misma”… Estas palabras nunca tuvieron mucho sentido para mí, realmente no sabía de qué se trataba el asunto. No entendía cómo era que yo no me quería a mí misma. ¿Qué era lo que no valía la pena querer? ¿desde cuándo era que no me quería? ¿qué había pasado que ni siquiera me había dado cuenta de que supuestamente no me quería?. En el fondo, en mi mundo interno conmigo misma, me gustaba mucho lo que era, pero sí me daba cuenta de que me costaba trabajo mostrarle al mundo eso que tenía para dar. Recuerdo que todo el tiempo exploraba en mi mente la fantasía de que debía ser de tal forma, o que debía decir alguna otra cosa, porque eso es lo que se hace y lo que se dice. Recuerdo que aprendí a vivir por observación e imitación, y no realmente criticando lo que yo era, ni sintiendo que no tenía valor, sino emprendiendo constantemente proyectos para empezar a ser de alguna forma determinada, la que había visto y decidido que era la correcta.

Esto me hizo entrar en una dinámica muy racional, y sin darme cuenta me convertí en una adolescente muy ordenada, muy crítica, muy pero muy mental. Sin decidirlo conscientemente empecé a congelar mi emoción para gobernarla con la razón, y esto me llevó a ser de una manera que hasta hace poco tiempo reconocí en mí misma: controladora.

Lo evidencié cuando quedé en embarazo de Joaquín… uffffff lo vi claramente! y entonces empecé a preguntarme qué era lo que había debajo de esta necesidad de control, de modo que observándome mucho, sintiéndome muy incómoda y explorando en mis más profundos miedos lo entendí: Como siempre, debajo de las emociones inferiores, aquellas que son gobernadas por el ego – entre ellas mi amigo no tan amigo el control -, esas emociones que nos hacen sentir baja vibración, que vienen disparadas por la hormona del cortisol, hay siempre algo presente ··· el miedo. El amor más caprichoso de todos los amores, porque sí, el miedo es el opuesto al amor, pero en sí mismo no es más que la ilusión de desbaratarlo para separarlo y controlarlo. El amor muchas veces logra salir adelante cuando suelta el capricho, pero muchas otras veces se queda ahí estancado.

El miedo que hay debajo de la actitud controladora se trata de la idea, de la fantasía de que el mundo no es un lugar seguro, de que afuera (y muchas veces adentro también) estamos en constante amenaza, que debemos protegernos y para hacerlo hay que contar con todos los posibles escenarios para poder adelantarnos a ellos, que si movemos esta ficha para acá el resultado tendría que ser el esperado y por lo tanto, no hay factor sorpresa, no hay posibilidad de estar en riesgo. Al controlar, controlo mi posibilidad de morir, de perder, de que me duela. Y así, mirando el mundo como un lugar que no es seguro, lo encuentro inseguro – obviamente – y sin darme cuenta el inseguro no es el mundo, sino que soy yo ··· “es que eres una mujer insegura” me decían, y ahora lo entiendo. Vivía en la fantasía de que este mundo era peligroso y por eso no se trataba de que no me quisiera, se trataba de que necesitaba tomar de aquello que me daba fuerza, que me daba seguridad, que me decía que todo iba a estar bien; aquello que me protegía y que hacía todo por garantizar mi estadía en este mundo (o al menos aquello que se suponía que debía hacer todo esto): tomar de mis papás!

Ayyyy mis papás, los papás! los padres… tomar a padre y madre, tomarlos completamente, tomar de ellos la fuerza que tuvieron al darme la vida, al crear vida, al mantenerme en la vida. Tomar a papá y a mamá y honrarlos… Desde que era una niña estaba puesta en mi camino mi tarea. Tuvieron que pasar muchos años para sentarme a hacerla.

Y de esto me di cuenta cuando estaba preparando mi primera charla y recordé una historia que cuento siempre: Yo nací en Medellín – Colombia en 1985, una época de mucha violencia, muchísima, violencia en serio. Crecí yendo en el carro con mi mamá y mis hermanos, y mi mamá diciéndonos que debíamos pasar rápido por un centro comercial muy conocido cerca a nuestra casa porque tenía amenaza de bomba y en cualquier momento podía explotar. Crecí oyendo esas bombas explotar y esperando ver en el noticiero qué tan grave había sido, cuántos habían muerto. Crecí sintiendo la muerte en la puerta de mi casa, y sintiendo una culpa inconsciente porque yo seguía sobreviviendo, cuando muchos iban muriendo. Aunque nunca nada así nos pasó ni a mí ni a mi familia cercana, todos recibimos una llamada, una o varias veces, en donde nos decían que alguien conocido cercano había muerto por cuenta de la situación del momento o que lo habían secuestrado. Yo crecí con unos papás que realmente no sé cómo están cuerdos, cómo lograron darnos una vida lo más normal posible en medio de tanto dolor y miedo. Crecí y muchos años después oí a mi mamá contar que cuando ella nos veía salir a mis hermanos y a mí por la puerta todas las mañanas para ir al colegio, nos miraba y pensaba que ahí estábamos los 3 saliendo y no sabía si los 3 íbamos a regresar. Eso era lo que mi mamá pensaba cada día, todos los días… ahora lo entiendo todooooo.

Por supuesto que ese no era un mundo seguro, y esa inseguridad la metimos muy adentro de nuestro corazón porque era la única manera de sobrevivir. Yo la metí tan adentro que me confundí y creí que se trataba de mí, que algo estaba mal conmigo. Pero no era yo, era la imposibilidad de mis padres de mostrarnos un mundo seguro y su gran fortaleza para coexistir en él, tratando de hacernos creer que íbamos a estar bien, pero muchas veces fallando en la tarea porque ni ellos mismos lo podían saber.

Así que a lo que me dedico hoy es a quitarle ese capricho horroroso al amor, y a decirle a mis consultantes lo que una vez me dije a mi misma cuando me senté a hacer la tarea: Toma a tus padres, con todo lo que te gustó de ellos y lo que no te gustó también. Honra su fuerza, su vida y su destino. Honra su camino y el tuyo también. Cierra los ojos e imagina que te llenas de chispitas mágicas doradas de amor de papá y mamá, y que en su magia hay protección, hay fuerza, hay vida. No importa si tienes 20 o 60 años, llénate de ellos y ahí encontrarás tu mundo seguro.

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