·amores caprichosos·, Bienestar Consciente

Del miedo al amor

Toda mi vida llevo bailando alrededor de esta frase, absolutamente toda mi vida.

Dicen que este período de evolución que estamos viviendo y que se está manifestando tan intensamente en este momento, empezó en el 2008. La humanidad inició una nueva era, la era de la conciencia, la de re- encontrarse con la verdadera esencia de lo que somos, una era en la que sí o sí tendremos que conectarnos con el amor y uffff qué tarea en la que nos han puesto – ¿o nos hemos puesto nosotros mismos? no sabría decir -.

Cuando leí que había empezado en el 2008 me pregunté quién era yo en ese momento y me di cuenta de que todo tenía mucho sentido. Ese año me gradué de la universidad y supe con todas las fuerzas de mi corazón que mi vida era una mentira, que llevaba 23 años mintiéndome a mí misma, siendo muy poco lo que realmente era. Pero tenía un gran problema, dejar de vivir en la mentira requería de mi parte saber quién sí era y yo no lo sabía. Decidí entonces que me iba a sentar a descubrirlo, porque la idea de seguir pagando el precio de vivir una vida en la que nada nunca demasiado grave me había pasado, pero vivía con un gran vacío en mi corazón y con la sensación de estar aburrida cada día, empezaba a ser impensable para mi.

Así que la era del cambio de la humanidad y la mía propia empezaron en el mismo momento. Yo recuerdo muy claramente que me sentía como un unicornio de colores en medio de un montón de toros, queriendo que nos amáramos más, que fuéramos más conscientes, que reconociéramos nuestros miedos y bloqueos, que trabajáramos en ellos, que nos comprometiéramos por generarle bienestar a las personas, y muchos me miraban como un bicho raro. Decían de mi que era una mujer que no sabía si ser hippie o ser chic, y tenían toda la razón, yo no sabía qué ser, no sabía que se podía ser “hippie chic”… Recuerdo a Lucas decirme que si lo que yo quería era trabajar por el bienestar de las personas, entonces tenía que estudiar psicología o renunciar al mundo capitalista y ser voluntaria en una fundación, porque no había cómo más. Recuerdo tener una carrera de administración encima y sentir que me pesaba muchísimo, tanto que lo único que podía hacer con ella era cargarla y hacer una Especialización en Mercadeo, porque ya entrada en gastos…. Recuerdo sentirme muy perdida, sin un lugar claro, sin saber quién era, cómo manifestarme, cómo sentirme bien. Recuerdo estar montada en el capricho del sistema que era el mío también. Recuerdo vivir en el miedo y querer avanzar hacia el amor, ese era mi impulso, lo podía sentir adentro mío, pero no sabía por dónde empezar y tampoco si lo lograría.

Y fue así como tomé una de las decisiones más importantes de mi vida: mirar al miedo de frente, ponerle el pecho y decirle “aquí estoy, vamos a por ti”. Empecé a reconocer mi miedo como mi propio camino de salvación, a darme cuenta de que en él estaban todas las respuestas, que aquello que me atemorizaba tanto (que era no encajar, no ser como se suponía que debía ser, perder a aquellos que me amaban) era solo una ilusión de mi mente y de mi sistema de pensamientos egóico. Empecé a elegir de nuevo, a elegir cambiar los pensamientos y mandatos que tenía en mi vida por nuevas opciones y fue lento, muy lento. Me asusté muchas veces cuando veía en las caras de mis amigas o de Lucas un asomo de desaprobación, me asusté cuando veía a mis papás y mis hermanos mirarme raro y yo lo único que sentía con esto era: me van a dejar de querer, me van a dejar de querer. Me asusté cuando empecé a ver un mundo de posibilidades que creía que iba a tener que caminar sola, porque ¿quién me iba a entender y a acompañarme?. Empecé a entender que el mundo no iba a cambiar, pero que yo podía consciente y deliberadamente decidir ver las cosas de otra manera, ponerme otras gafas, las gafas que a mi me resultaran útiles y que estuvieran más acorde a lo que yo quería ver. Lucas iba a seguir siendo el mismo, mi mamá no iba a cambiar, yo seguiría trabajando en una empresa y me mantendría económicamente trabajando como Administradora de Negocios, pero mi manera de verlo todo, cambiaría. Cuando empecé a conocerme y a inyectarle sentido a esto que era yo, gané fuerzas para quedarme en ese espacio de tiempo y lugar en donde no me manifestaba desde mi esencia, pero buscaba en cada oportunidad, por más chiquita que fuera, sentirme yo. Así que no viví en la mentira todos estos años, solo tuve que amoldarme a la verdad en la que estaba.

Empecé a entender esto que dice Un Curso de Milagros acerca de que esta existencia no es más que un juego, como un juego de parqués, en el que somos los jugadores y a la vez, la ficha que escogimos para jugar. Que lo que le pasa a la ficha no le pasa al jugador, porque solo es parte del juego, y que como jugador – el observador – tengo la posibilidad de separarme de la experiencia, encontrarle un sentido superior, saber que nada de lo que le pase a mi ficha puede hacerme daño y que nada real puede ser atacado ni amenazado. Como jugador puedo entender y regresar cuantas veces sea necesario a la premisa de “es solo un juego” y encontrar paz en ella. Como jugador puedo decidir siempre regresar a mi verdadera esencia, esa que cada vez cobra más claridad y que aunque a veces se sienta amenaza por el juego, está constantemente buscando el camino a casa, el regreso al amor.

Y todos estos días de cuarentena me lo he repetido una y otra vez buscando regresar a lo que es real: Esto es solo un juego, en donde mi papel es ver el amor detrás de la sombra, quitarle el capricho y hacer el trabajo, el trabajo de mirarme, reconocerme, sanarme, sentirme ··· tal y como soy: Humana.

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