·amores caprichosos·, Maternidad

El regalo del día de la madre que no pedí

Pronto será el día de la madre y yo no dejo de pensar en que pasan los años y todavía no entiendo bien esto de que yo soy mamá. Sé que es hora de que lo entienda del todo, pero se me sigue haciendo super extraño pensar que soy la mamá de un niño que cuando mira para arriba ve a su mamá, y esa soy yo. Se me hace super raro mirar hacia atrás, darme cuenta de los años que han pasado y ver todo lo que ha sido, en lo que me he convertido, lo que esto ha significado para mí. Y es que ha significado muchísimo, soy diferente.

Veo como otras mujeres se desenvuelven en el arte de ser mamás mucho más fácilmente que yo, se enredan menos, fluyen mejor, disfrutan más (o al menos eso parece). Para mí esto no ha sido tan fácil, pero es que al parecer nada en mi vida lo hago sencillo, porque cuando hablo de mi relación con Lucas digo lo mismo, cuando hablo de mi trabajo, de mi relación con mi cuerpo, con mi familia, es siempre lo mismo: no es sencillo para mi.

Desde que decidí que quería tener un hijo supe que me iba a pasar, sabía que iba a sentir que mi libertad estaría amenazada y que yo debería cambiar tanto y acomodarme tanto, que iba a perderme. No sé si fue que me predispuse o que mi alma me lo estaba advirtiendo, pero así tal cual es como me he sentido. Para mí lo más difícil de ser la mamá de Joaquín ha sido ponerme – en mi vida – en segundo lugar, empezar por las necesidades de él y después, las mías; usar mi tiempo primero en él y después, en mí; poner mi energía, mi mente y mi intención en su bienestar y después, en el mío. Sé que el orden es otro, sé que primero debo estar bien yo para después estar disponible para él, pero este ha sido mi reto más grande. Ese que me llevó a casi enfermarme cuando estaba en Ecuador porque no me estaba ocupando de mí. Ese que hizo que mi mente sintiera que estaba a punto de enloquecer porque era más importante atenderlo a él, que atenderme a mí. Mi amor por él lo estaba manifestando de una manera muy caprichosa y necesité de varios profesionales de la vida para que me hicieran entender que necesitaba darme a mí, llenarme a mí…

Y conste que lo había aprendido a las mil maravillas en mi certificación de Constelaciones hacía poco tiempo, la teoría la tenía bien clarita! pero ufff… qué difícil ha sido.

Poco a poco he ido encontrando el balance. Volver a Medellín ha sido mi gran regalo, porque al no estar sola he podido crear una red de apoyo entre abuelos, tíos, empleada y guardería que me ha sentado de maravilla!, y he tenido la posibilidad de respirar por un momento para pensar “ok, ahora yo“. Yo estaba feliz en mi mundo rosado encontrando el balance, viviendo desde mi propósito de vida, siendo la mamá presente que quería ser, trabajando donde y como quería, teniendo la vida social y familiar que me gusta tener, siendo yo… otra vez yo.

Y de repente, como un acto de magia al estilo de los ilusionistas llega un tal COVID para cambiarlo todo, decirme que tengo que poner en pausa mi balance y volver a mi estado de presencia y disposición total para mi hijo… plop… llega la negación, después el rechazo y la ira, entro en estado de tristeza y por último, después de muchas semanas, empiezo a aceptarlo.

Tuve mucho miedo al pensar en todos los días que podían transcurrir antes de poder vivir en mi mundo mágico de nuevo. Tuve mucho miedo al pensar en que iba a volver a ser la fui durante 3 años y que había dejado atrás. Tuve miedo al oír tantas veces al día “mamá quiero, mamá dame, mamá, mamá, mamá…” Y después de tanto miedo llegó un día, ese de la aceptación, en el que la magia volvió, el capricho se fue y yo lo entendí.

Entendí que estaba necesitando relacionarme con Joaquín desde un lugar diferente, para poder ser la mamá que quiero ser. Entendí que necesitaba rendirme una vez más ante la vida, ante lo que hay y lo que es. Entendí que este tiempo podía cambiar de manera increíblemente positiva la relación que tenemos Joaquín y yo, y que la mamá que siempre he querido ser podía ser diferente a la de mi expectativa. Entendí que estar metida con él, con sus furias y las mías, sus amores y los míos, durante muchos días, durante muchas horas en un apartamento, podía darle un vuelco a mi vida y lo hizo. Dejé de sentir miedo por el qué hacer con él y cómo entretenerlo. Dejé de sentir miedo por todo el tiempo que faltaría para “volver a la normalidad”, dejé de sentir miedo y empecé a sentirlo todo, a ofuscarme, regañarlo, reírme, llorar, jugar, correr… estar, simplemente estar, simplemente ser.

Y aunque posiblemente sí he perdido a borbotones mi libertad, he ganado algo indescriptible, y fue lo que sentí en mi corazón cuando me dijo hace dos días: “mamá, estoy muy feliz de quedarnos en casa en familia, estar contigo, con papá y el gato. Te amo”.

He cumplido. Nuestro amor se ha desencaprichado. He cumplido.

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