·amores caprichosos·, Constelaciones Familiares, Espiritualidad, Sanar relaciones

Un viaje al mundo de las hadas

Fue literalmente alucinante. Fue maravilloso. Encantadoramente doloroso. Profundamente sanador. Fue la vida misma que habita dentro de mí.

Este fin de semana estuve en un retiro con medicinas sintéticas, un tema desconocido para mí conciencia pero con una promesa fascinante. Llegamos a una casa metida en una villa de un bosque en Santa Elena y nos recibieron con todo el amor que tenían para darnos, que se hizo evidente durante casi 30 horas más. Poco a poco fuimos llegando, éramos solo 7, siete personas que queríamos ver más allá, que aunque no teníamos completamente claro lo que estábamos buscando, algo teníamos en común: el deseo de sanar, pero sanar yendo adentro, viendo lo que no podemos ver solos, estando en comunión con nuestra alma.

Así que después de varios momentos de preparación para el cuerpo, para la mente y para la emoción, empezamos nuestro viaje al mundo de las hadas. Realmente no sé por qué estoy escribiendo acerca de esto porque me es muy difícil poner las palabras para explicar lo que pasó, pero haré mi mayor esfuerzo:

Éramos 9, los 7 buscando sanar y dos maravillosas almas a nuestro servicio, disponibles para guiarnos, para apoyarnos y decirnos constantemente el gran trabajo que estábamos haciendo. Cada uno hizo su cambuche, nos dimos un abrazo delicioso en donde pusimos nuestro mayor deseo de que todos pudiéramos ir a donde necesitábamos ir y que encontráramos el cielo mientras lo hacíamos. Luego todo empezó, cerramos los ojos, nos comprometimos con el momento, la chimenea estaba encendida, la música de alta frecuencia nos acompañaba y nosotros, nos dejamos llevar.

A parecer todos compartimos el mismo pensamiento: parece que no está funcionando, nada raro pasa… hasta que todo empezó a pasar en un mundo interior privado y en el colectivo, porque sentimos literalmente lo que significa que todos somos uno y que en uno estamos todos. Pudimos sentir cómo el llanto de alguno era el mío también, cómo lo que sanaba el de más allá era lo mismo mío, cómo al estar yo ahí, estaba para mí pero era profundamente importante para el que estaba al lado. Éramos 9, juntos, entrando al mundo de Avatar, de los alebrijes, de los duendes en el bosque, de las hadas y de nuestros grandes demonios. Todo mágico, impresionante, alucinante y extraño al mismo tiempo. Estuvimos en sincronía perfecta con la tierra, con la vida misma, con la cuna de la que realmente venimos. Hubo una unión cósmica que me hace entender de qué se trata esto que dicen y dentro de mí había una sensación: “yo ya he estado aquí… yo ya he estado aquí”.

Y es que lo supe al instante: este viaje a lo inexplorado era solo un recuerdo, porque cada cosa que vi, cada animal espiritual, a Joaquín hecho dragón, a Lucas a mi lado, a mi hermano hecho lobo, a dos amigas hechas diosas, a mi mamá, mi tía, mi abuela, bisabuela, tatarabuela, la chozna, todas ellas detrás de mi, con todo lo mío y yo, cargando lo de ellas, conectándonos en el congelamiento y el rechazo que hemos construido durante generaciones; no era más que entrar en un recuerdo construido mucho tiempo atrás. Supe que se estaban rompiendo las estructuras cuando veía los derrumbes de tierra y de agua sucia que se iban cayendo y un pedazo más de mí que estaba viejo, sucio y necesitaba irse, al convertirse en un río cristalino estaba resuelto. Cuando vi tantos insectos salir de mi interior, tanta basura en mi, acompañada de tanto amor, de tanta naturaleza, de las chispas de luz, de la llama del fuego, de la música que no solo se oía sino que se veía en colores fluorescentes; cada vez que alguien suspiraba, cantaba, respiraba, reía, lloraba, eso estaba dentro de mí, junto con todo lo feo y todo lo que no sabía que existía.

Cada lágrima que salió fue una limpieza y una purga para el alma, y yo estuve acompañada de esos 9 que no estuvieron por coincidencia, sino que quisimos decirle ¡Sí a la vida!, con todo, todo lo que nos gusta y lo que no queremos ver más, pero que necesitamos reconocer para poder dejar pasar.

En el mundo de las hadas no todo es gozo, no todo es luz, pero hasta el dolor está hecho de amor y la tragedia que nos antecedió tiene un sentido mágico que se resume en el por qué rayos es que llegué yo a este mundo y para qué es que me ha dolido tanto. Todo estuvo claro y cuando supe que conmigo terminaba, que yo era la última de esa línea de mujeres que ha cargado con tanto dolor, sentí el gozo más profundo de mi vida (después del nacimiento de Joaquín), porque supe que yo tenía con qué hacerlo… y lo hice. Fue la constelación más importante de mi vida y gracias a ellos, a cada uno de ellos pude hacerla.

Llegué a mi casa con la cabeza muy revuelta, con el estómago enredado y con la emoción a flor de piel. Ver a Lucas y a Joaquín fue mi mejor regalo, porque el amor que siento hoy por ellos no es mejor que el de la semana pasada, pero sí está mejor puesto. Aunque no fui por ellos, estuve ahí para poder estar aquí para ellos. Y verlos fue inclusive más mágico que el viaje. Mi corazón está lleno de agradecimiento profundo por estos dos hombres que me acompañan en la vida y que eligen quedarse a mi lado. Gracias, Gracias, Gracias...

Como lo advertí, sé que esta entrada es un vómito de emociones extrañamente depositadas, pero lo que sí puedo asegurarles es que no hay nada, nada de capricho en el amor que siento al escribirla.

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