·amores caprichosos·, Bienestar Consciente

La debilidad que habita en la comparación

Hace unos días empecé a pensar y a preguntarme cuál sería la razón por la cual nos conectamos tanto con la escasez al entrar en el mundo de la comparación, y creo que encontré respuestas interesantes.

Recuerdo mucho que a medida que Joaquín iba creciendo supimos que los niños, desde que son bebés, aprenden a través de la imitación con un mecanismo claro de observación, grabación mental y replica o imitación, que los lleva en últimas al aprendizaje. Esto lo hacen una y otra y otra vez con cada uno de los asuntos de su existencia y es por esto que como padres tenemos que reconstruirnos a diario, para parecernos cada vez más a lo que queremos que sean nuestros hijos.

A sus casi 4 años, esto es magia pura para él! tiene claro cómo funciona y es completamente útil para su existencia. Un día habla como uno de los personajes de la serie de Netflix que estuvo viendo la semana anterior, y a las dos semanas hace las mismas caras de mi suegra. La imitación se convierte en las puertas del mundo y en la posibilidad de hacer parte de él.

Así lo hicimos todos y también nos funcionó, pero llegó un momento en el que lo entendimos todo mal y se nos quedó la tecla pegada en la misma función.

Más o menos a los 7 años (parece que un poco antes para la generación que está creciendo), empezamos un proceso que se llama el auto-reconocimiento, en donde lamentablemente, todo el mundo interior que antes había sido en un porcentaje muy alto mágico, empieza a desmoronarse y con la llegada de los principios de la conciencia, desaparece la sana imitación para entrar en el mundo del colectivo. Es un momento en el que perdemos una de las cosas más sagradas que tenemos (muchos ni siquiera lo saben). Olvidamos algo y después nos la pasamos casi toda la adultez buscándolo, como cuando perdemos las llaves del carro y las buscamos por horas sin saber que las tenemos en la mano. Perdemos el entendimiento y la certeza de saber que todos somos uno, que en ti estoy yo, que lo que te pasa me pasa a mí también y que solo como colectivo es que avanzamos. Los niños lo saben naturalmente.

En las nuevas burbujas (los salones de clase a los que le cambiaron el nombre después de la cuarentena en la guardería de Joaquín) son solo 8 niños que lo hacen todo juntos. Literalmente lo que le pasa a uno, le pasa a los otros. Van todos juntos al baño porque deben permanecer unidos y así garantizar el seguimiento al protocolo de bioseguridad. A la hora de comer todos se sientan en el mismo momento a sentir lo mismo, porque si a uno no le gustó la tostada, “mágicamente” a los otros tampoco. Ellos viven desde esa magia de la unión en todo momento y así, están bien. Se sienten completos, acompañados.

Pero cuando entramos en nuestro propio mundo, en el que entendimos (malentendimos) que somos individuos que estamos separados, empezamos a sentirnos muchas veces solos e incompletos. Es necesario hacerlo porque allí es donde identificamos qué es lo que tenemos desde lo particular para aportarle al mundo, a ese colectivo del que hacemos parte también, y para hacerlo, necesitamos separarnos un rato, identificarnos y encontrarnos. La tarea dura muchos años, a veces más de lo que quisiéramos, pero promete algo: Al final del camino puedes llegar a reconocerte, a saber quién eres realmente y a entender que en ti está el mundo entero.

El problema está en que confundimos lo que aprendimos esos primeros años de vida y construimos la creencia de que la imitación es lo mismo que la comparación. Allí es donde nos quedamos pegados. Creemos que tenemos que seguir mirando para afuera para poder encontrar quiénes somos y para moldear nuestra existencia según lo que los códigos externos nos dicen que debemos ser y hacer. Comparamos el cuerpo que tenemos, el color de piel con el que nacimos, el tono y la forma de nuestro pelo y lo catalogamos como bueno, malo, horrible, feísimo, hermoso… Nos debilitamos al ver que los otros tienen algo que nosotros no y creemos que porque somos contemporáneos, deberíamos vivir de la misma manera, con las mismas pertenencias, las mismas relaciones y que ya es momento de ser tal o cual cosa.

Como dice Calamaro en una de sus canciones “Dicen que hay un mundo de tentaciones, también hay caramelos con forma de corazones, dicen que hay bueno o malo, dicen que hay más o menos, dicen que hay algo que tener, y no muchos tenemos“.

Nos confundimos al creer que al compararnos es que logramos identificarnos y que lo que siendo niños nos sirvió para existir, sigue siendo el mecanismo avalado para vivir. Pensamos que las respuestas están afuera y que el interior se construye de lo que logramos replicar después de habernos comparado y sentido un millón de veces mal, porque no logramos ser lo que se supone que está bien.

No entendimos que el asunto está en que se aprende por imitación, pero no se vive en comparación.

Hubo un día, un momento de los más gratificantes de mi vida, en el que comprendí que había mal usado mi tiempo existencial y que la manera como quería definirme no estaba más en esa sensación de debilidad, de escasez, de falta de pertenencia que me brindó la comparación durante tantos años. Hubo un día en el que solté ese capricho que muchas veces hace el amague de querer volver a asomarse en mi, a veces me dejo enredar, pero luego sé decirle de nuevo con amor “gracias, pero siendo yo, la que soy, estoy muy bien

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