·amores caprichosos·, Constelaciones Familiares

La tristeza heredada

Fue hace más de dos años. Llevaba muchos días sintiéndome igual y sabía que no era mío, que no era yo. Dije “no más!” y me fui a aquel lugar seguro en el que sé estar conmigo misma. Enfrente a los muñecos que guían el mensaje de mi inconsciente, al lado de mi gran maestra, a puertas de una Constelación más.

Eso no lo había mirado, había muchas cosas que ya había logrado sacar a la superficie del consciente y ponerles luz, pero esta no. Había heredado una tristeza que ya se estaba sintiendo muy incómoda y no la quería más conmigo. Era como si el monstruo azul de las emociones estuviera muy grande en mi y me estuviera invadiendo por completo. Era como si ya no supiera vivir con alegría. Era como si solo esa voz fuera la que me estuviera hablando. Y cuando lo vi, le puse luz y asentí ante la tristeza de mi clan, pude soltarla.

Hoy en medio de una constelación recordé ese momento y cómo me sentí cuando reconocí que era una herencia que no quería tomar más. Mi consultante cuando vio la suya se sorprendió, porque era la primera vez que se permitía darse cuenta de que la culpa la acompañaba. Sentía culpa porque su vida no necesitaba estar acompañada de tanta tristeza como la de su madre. Sentía culpa porque ella gozaba de un lugar de privilegio que los otros de su familia no tenían. Yo también la sentí, al fin y al cabo, nada demasiado grave me ha pasado en la vida, pero a los míos sí.

A veces nos pasa esto con la tristeza, o con otros sentimientos que hemos tomado como propios cuando no lo son. Tenemos el capricho de creer – en nombre del amor – que podemos proteger, salvar, cargar en nombre de nuestros familiares los dolores que son de ellos, queriendo alivianarles las cargas y usar nuestra energía que es más fresca para hacerlo. Pero no podemos hacerlo. Simplemente, no podemos. El sentimiento prestado se apodera de nosotros y lo necesitamos para poder pertenecer a nuestra familia, para hablar en el idioma que todos hablan, para ser como ellos. Pero fracasamos, porque simplemente no podemos meternos en lo que no es nuestro y tampoco podemos poner en riesgo nuestro bien estar… nuestra alma no nos lo permite, siempre nos lleva por el camino del amor aun cuando no podamos verlo.

Nos pasa que los eventos de nuestros antepasados los cargamos como propios y sentimos la desolación, el dolor, el miedo, la tristeza, la soledad que a ellos los acompañó, con la esperanza de que al hacerlo se aligere para ellos, pero fallamos, porque ni es menos difícil para ellos, ni sabemos cómo cargarlo nosotros.

Nos pasa que no nos damos cuenta de lo que hacemos y simplemente pasamos días, años sintiendo que el elemento culpable de nuestro malestar es nuestra pareja, el trabajo, el cuerpo que no nos gusta, la pandemia, la vida; sin darnos cuenta de que la protagonista en este juego no es nadie más que la culpa arrogada y el amor desordenado.

Buscamos alivio en la comida, en las series de Netflix, en el esfuerzo desbordado, en el trabajo esclavizante, en la comida “saludable”, en la pareja que nos hace sentir vivos, en el sexo sin sentido, en el alcohol divertido o en cualquier cosa que nos distraiga, noble o ruin, pero útil en su función de olvido.

Nos vamos para afuera, o intentamos ir adentro creyendo que poniendo control o gestionando desde el miedo obtendremos buenos resultados. Creyendo que asumiendo retos constantes y demostrándonos que podemos lograrlo, haremos la diferencia en nuestro corazón confundido. Hasta que llega un día en el que oímos, pero oímos de verdad. Encontramos un susurro interior que nos dice que la respuesta está solo adentro, en mirar esa herencia que prometimos asumir y reconocemos que podemos liberarnos de ella si así lo queremos, pero para hacerlo tenemos que ser desleales a nuestro sistema y decir “no más!

Necesitamos mirar, asumir, asentir, tomar, ordenar, soltar, para liberarnos y poder amar con fluidez. Necesitamos renunciar a la herencia y permanecer en el privilegio de la vida, de esa que está aquí, con los vivos. Necesitamos soltar las amarras y liberar el corazón. Necesitamos tomar nuestro lugar y darnos cuenta de que adentro también hay gozo, de ese que no se acaba, de ese que se siente bien.

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