·amores caprichosos·, Sanar relaciones

Ella gritó

Una noche ella gritó, inhaló profundamente y soltó un grito tan fuerte que hasta su madre la oyó al otro lado del pasillo. Pensó que nada raro pasaba, que solo era una pesadilla de la niña, pero era mucho más que eso.

La niña gritaba porque sentía aún las manos de su perpetrador encima de ella. Gritaba porque creía que solo así podría librarse de él. Gritaba porque en sus manos encontraba algo de placer y se sentía culpable por sentirlo. Gritaba porque tenía un tapón en su garganta que dolía tanto, tanto…

La mamá no acudió a su rescate, no sabía que debía rescatarla, solo siguió durmiendo. En su sueño profundo se encontró dentro de un mar, las olas pasaban por encima de ella y aunque quería salir a la superficie para respirar, no lo lograba. Decidió entonces dejarse ir, permitir que la inmensidad del océano decidiera qué hacer con ella. Se rindió y solo al hacerlo el mar cedió y la soltó, pero ella se quedó sumergida en sus pensamientos, como ida, sin poder estar completamente, sintiendo que un pedazo de ella continuaba allá, en la turbulencia de las olas, en la inmensidad de la oscuridad que habitaba en su corazón.

La niña nunca lo entendió. ¿Cómo era que su mamá nunca la salvó? ¿cómo era que nunca la abrazó? ¿cómo era que nunca le hablo? Nunca lo entendió.

La mamá sabía que algo estaba pasando con su niña, aquella tan chiquita, aquella tan bonita, pero nunca pudo llegar a su rescate, porque seguía luchando en silencio por su propia vida, seguía buscando cómo sobrevivir y cómo escapar del silencio, del dolor con el que nadie le enseñó a lidiar. La mamá no sabía que debía abrazarla, no sabía que necesitaba sus palabras por más confusas que fueran. Simplemente no lo sabía. La niña en ese momento empezó su búsqueda incansable por los brazos de su madre, los buscó por años en otros niños, en hombres peligrosos, en amigas desinteresadas, en amantes poco disponibles, en jefes que no la miraban, en su padre al que siempre añoraba. En todos menos en su mamá, porque la idea de pedirle lo que nunca pudo darle resultaba extremadamente peligrosa.

Así pasaron los años y el grito no volvió a salir, pero cada noche la acompañaba antes de dormir, con una sensación fría y solitaria, con la idea caprichosa de falta de suficiencia, con la fantasía quejumbrosa de sentirse inadecuada, con la creencia equivocada de no ser lo que debía ser. Cada noche lo oía internamente y terminó convirtiéndose en su compañía. Empezó a sentirse acompañada con su sonido seco, empezó a saber cómo estar con él.

Hasta que un día supo de otra niña que también gritó. Su nombre era Azul. Le dijo que ella conocía ese grito y que había aprendido a vivir con él. Azul le dijo que lamentaba mucho lo que le había pasado. Ella le dio las gracias, pues nunca nadie lo había dicho. Juntas pudieron darse cuenta de que alguien sí las había rescatado y sin proponérselo, lograron soltar el amarre que les habían hecho tanto tiempo atrás.

La niña miró con sus ojos internos a su mamá y la perdonó. Al fin y al cabo ella hizo lo que le enseñaron: a seguir derecho y superarlo. El dolor de no haber podido protegerla como debía la acompañó hasta el fin de su vida, y sus dedos adoloridos se lo recordaron cada día de su existencia…

Hubo un día en el que la niña – ya mucho más grande – miro al frente y lo vio, pero esta vez no era el perpetrador, era solo un pájaro de color rojo que volaba, se acercó a ella y le susurró. En lo que le dijo estuvo la salvación. En lo que ella oyó estuvo su liberación. Nunca más volvió a oír el grito. Con ese vuelo se despidió.

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