·amores caprichosos·, Bienestar Consciente, Espiritualidad

El dolor que sentimos del pasado o que adelantamos del futuro, no es real

Hace poco murió el esposo de alguien muy cercano para nuestra familia. Cuando pude hablar con ella encontré mucho dolor, del que duele de verdad. Después de oírla un largo rato me dijo que se sentía muy mal, que estaba muy sola. Usó la palabra “estoy” como una afirmación que definía su estado actual. Luego me dijo: “yo sé que mis hijos están ahora conmigo y están pendientes de mí, pero ellos van a seguir su vida y se van a ir. Yo estoy muy sola”.

Lo vi muy claro, yo he estado ahí muchas veces, especialmente este último año y medio. Me he quedado pegada a emociones de mi pasado, trayéndolas a mi momento presente como si aún las albergara. Me he adelantado en mi afán de querer evitar la incertidumbre, y en el adelanto, me he ido hasta llegar a la idea de cómo me sentiré cuando esto o lo otro pase. Yo he estado ahí, en un espacio-tiempo no presente que duele mucho.

Al hacer una constelación es necesario estar conectado con las sensaciones corporales del momento, para que sea el cuerpo quien nos hable. El cuerpo tiene gran memoria, él solito se encarga de mostrar lo que se quedó pegado y estancado hace muchos años atrás y lo que la imaginación ha creado acerca de lo que será. Pero para poder hacerlo, tiene que estar aquí, ahora, sintiendo lo que es. Una de las herramientas más poderosas que tiene constelaciones es que le permite ver al constelado que aquello que su cuerpo reporta no le pertenece más, es solo un recuerdo o una fabricación mental de una idea futura.

No es real. Eso que creemos que pasará, no es real. Esa emoción que rentamos por anticipado, no es real. Esa sensación que se quedó pegada en nuestro cuerpo, no es real. Darnos cuenta de que en este preciso momento estamos bien (aun cuando no lo estemos) es lo “real” y lo pongo entre comillas porque para no hacerlo, tendríamos que entrar en la discusión de ¿qué es real?… y necesitaríamos muchas, muchas más palabras.

Aun cuando el microsegundo que experimentamos está cargado de dolor, podemos darnos cuenta de que estamos bien; estamos tan bien que estamos vivos; tan vivos que experimentamos esa idea de dolor. Yo siempre he imaginado – o recordado – la muerte como la sensación de ausencia de todo, de las percepción y las ideas; y la realización absoluta de lo que sí es, de lo que sí somos. Por eso siempre la recuerdo como un momento de paz, un pequeño momento en el que soltamos todo, literalmente soltamos esta vida de materia para ser livianos y estar en la ausencia absoluta, incluyendo la ausencia del dolor. Así que incluso en esos momentos en los que estamos mal podemos elegir ver lo que hay, para hacerlo más chiquito y reconocer lo que realmente se siente ser y estar.

El resto, son solo ideas creadas por la mente, acerca de un sufrimiento que recordamos o de un dolor que prevemos.

Ella no está sola, pero no puede sentirlo porque su mente se fue al lugar en donde sembró una idea de soledad futura que le produce sufrimiento presente.

Es simple, solo hay que poner orden, esta vez orden a los tiempos para poder experimentar el momento presente con plenitud y así no tener la necesidad ni de quedarnos aferrados al dolor, ni de seguir intentando escapar de él. Simplemente invitándolo a que esté por el tiempo que necesite estar.

El dolor no es caprichoso. Los caprichosos somos nosotros que no lo dejamos que viva su curso natural y que no logramos ver el amor que hay en él.

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