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La ansiedad como síntoma de un amor que aprendió a sostenerlo todo.

Nos lo advirtieron y fue lo que pasó. Durante la pandemia nos avisaron que la ansiedad iba a convertirse en la palabra más usada al hablar de la salud mental y el bienestar. En su momento estuve dispuesta a prepararme y me dediqué a poner atención, a darme cuenta cuándo aparecía la palabra, relacionada con qué, en quién aparecía y qué significado se le estaba dando. También esperé con calma para ver si se acercaba a mí y la encarnaba, pero no sé, creo que me salvé… No fue por supremacía, tal vez se trató de elección porque no fue esa la que escogí para mí, tenía que darle espacio a la angustia y la preocupación. Esas sí eran para mí.

Durante estos 6 años he sido testigo de la incomodidad y dificultad que han experimentado cientos de personas al rededor de este tema, y he podido notar que de alguna manera, las mujeres la encarnan más. No es que los hombres no sean ansiosos, para nada, pero es como si las mujeres estuviéramos usando nuestra voz para poner la palabra allá afuera, con la esperanza de que como sistema podamos hacer algo con ella. Así que hoy me concentraré en nosotras, en las mujeres y la expresión de la ansiedad.

Históricamente, las mujeres hemos sido el «sistema nervioso externo» de los sistemas familiares, encargadas de regular emociones ajenas, sostener vínculos, anticipar peligros, cuidar la vida (incluso a costa de la propia) y mantener la armonía. Esto ha creado un patrón sistémico claro y vital para la mujer: Hipervigilancia = amor = pertenencia.

Recordemos que la necesidad # 1 del ser humano es la de la seguridad, que en la expresión se da a través de la pertenencia, así que sea como sea buscaremos garantizarla. La ansiedad entonces aparece cuando el cuerpo dice «no puedo seguir sosteniendo todo sin descanso».

Ahora, si miramos para atrás, con una mirada transgeneracional, vemos como muchas mujeres no pudieron elegir, tuvieron que aguantar, callaron con rabia, con miedo, vivieron tragedias y dolores en silencio, no pudieron ser mucho hijas, fueron siempre madres. Y eso aún lo tenemos pegado en el recuerdo, en la memoria celular que nos impulsa a actuar desde una ansiedad que no es nuestra, sino la expresión de una lealtad invisible con una frase tentadora y peligrosa: «si me relajo, traiciono a las que no pudieron hacerlo». Se convierte este entonces en un amor muy caprichoso.

Las mujeres que habitan en la ansiedad por lo general tomaron un lugar más grande al que les correspondía, se parentificaron, fueron mediadoras o salvadoras, fueron siempre las fuertes, las que podían con todo, sintieron que si ellas caían, todo caía, aprendieron a anticipar en vez de recibir. En efecto, de alguna manera, tuvieron poca madre y poco padre y tuvieron que hacerse cargo de la vida antes de tiempo.

La ansiedad en las mujeres aparece con mucha fuerza cuando hay desorden en el amor, cuando hay exceso de conciencia y poco permiso para la dependencia, cuando el amor ha estado condicionado a estar alerta todo el tiempo. Esto nos pone ante la posibilidad no de calmar la mente como hemos creído que se puede solucionar, sino de ubicarnos en nuestro lugar en el sistema y reconciliarnos con esa sensación de abandono, de soledad, de falta de lugar que se construyó siendo niñas y que seguimos reproduciendo en la adultez. Devolver cargas que no corresponden, soltar la vigilancia como prueba de amor, aceptar que no todo depende de ti, y sobre todo, permitir que los otros carguen con lo suyo.

La ansiedad baja cuando el alma deja de estar en guardia.

¿Y por qué después del 2020 pareciera que el tema explotó?, porque colapsó el pacto inconsciente que sostenía esta ansiedad. Este pacto ya no puede seguirse reproduciendo, ya no es coherente con la dignidad humana, esta que nos dice que cada uno puede con lo suyo y debe sostenerlo. La frase bandera de la caída del pacto es «esto no me corresponde». ¿Te has dado cuenta lo mucho que la estamos diciendo con el pasar de los años?, porque por ahí empieza el cambio, y se construye el nuevo pacto, uno que honra la vida, el destino y la libertad.

Hoy las mujeres tenemos más libertad, más conciencia, somos las embajadoras y las que con sutileza marcamos el paso para la nueva realidad, para la nueva conciencia. Nos estamos permitiendo gritar que ya no podemos con todo y cuando empezamos a experimentarlo es que aparece el miedo a la enfermedad, la sensación de colapso, la fatiga profunda, la ansiedad sin causa concreta. Esto es nada más y nada menos que el acto de lealtad que se está rompiendo y está encontrando esta vía, aquella que nos obliga a parar, porque no supimos hacerlo antes, a tiempo y armónicamente.

Esto es lo que nos está pasando:
«Si no paro yo, me para el cuerpo»
«Es una ilusión creer que puedo con todo, tengo que parar»
«Hasta aquí, esto ya no me corresponde»

Estas son las nuevas voces, las que nos gritan que hay que hacerlo de manera diferente, pero que también se esconden detrás de aquella ansiedad que nos pide ocuparnos de ella, no de lo que hay por debajo. La salida entonces está en permitir que esta caída se produzca en sus propios términos y tiempos, sin querer solucionarla, solo rindiéndose. En no seguir la lógica de poder con todo, en no negociar más la verdad interna para buscar pertenecer, en dejar de intentar sostener lo insostenible. Básicamente, en rendirse para poder hacer un duelo consciente de lo que está muriendo en nuestro sistema y dentro de nosotras. La nueva posibilidad está en no desbordarnos porque ya no estamos luchando, sino vaciarnos porque soltamos. Y volver a empezar a construir.

Esto debemos hacerlo contemplando la última de las trampas: nos viene la idea ilusoria de que el control será lo que nos salvará, y es allí donde no es casualidad que las personalidades controladoras y la ansiedad tengan mucha relación. El control es una estrategia de supervivencia frente a un sistema que se vivió como impredecible. Nace en aquellas mujeres en las que los adultos no fueron confiables o coherentes, en donde hubo mucho caos emocional, enfermedad, pérdidas, adicciones, silencios; donde la niña tuvo que leer el ambiente para estar a salvo y, por lo tanto la mente planteó una solución para evitar que doliera: si controlo, sobrevivo. Y nos quedamos pegadas, reproduciendo la antigua estrategia, que sí, funcionó siendo niñas, pero que hoy con la composición de adultez que tenemos, se vuelve insostenible. Ese control reguló nuestro sistema nervioso por mucho tiempo, y luego dejó de funcionar, porque aunque nos dio una sensación de orden y una ilusión de seguridad, no funcionó más. Al volverse la vida incierta (por naturaleza), el cuerpo entra en alerta y la ansiedad aparece.

La ansiedad no es el origen, es la consecuencia de que el control ya no alcanza.

Así que mujeres, para ustedes, para mí, para todas: empecemos a jugar el juego que la vida nos pide, el de la rendición, el de confiar, el de esperar, el de no saber, el de devolverle la dignidad al otro. Cuando nos vaciamos es que aparece espacio para volver a crear, y si algo sabemos hacer amigas mías, es crear. Pero para hacerlo tenemos que garantizar el entorno óptimo, y el control no lo es.

Termino con esta propuesta de frase, con la ilusión de que nos acompañe al caminar: «Agradezco al control por haberme protegido. Y ahora puedo empezar a aprender otra forma de estar en la vida. Puedo aprender una Nueva Manera de Amar«

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