
Sobre tener una buena vida y aun así sentir que algo falta
Tengo una muy buena vida. Y, sin embargo, en los momentos en que no estoy atravesando por procesos de expansión y crecimiento, constantemente siento que me estoy perdiendo de algo, que mi vida debería sentirse más alegre, tal vez eufórica, y por supuesto, aparece la culpa que me dice que es porque estoy dejando de hacer algo. He podido identificar esta sensación como una melancolía de fondo, como si la configuración de mi existencia hubiera venido con esta materia prima y, por lo tanto, fuera imposible de abandonar. Me comparo con la vida llena de chispa que veo en otros y me pregunto qué me pasa.
Así fue que comencé mi pensamiento esta semana, me metí muy adentro y logré encontrar información valiosa que me hizo tanto sentido que decidí compartirla aquí.
Lo primero que aprendí es que hay una diferencia muy importante entre tristeza y tono existencial. «Tono existencial», me encantó esa expresión, porque sí, ahora creo que se trata de una forma que le damos a la vida, de cómo la sentimos, la percibimos, no de una condena de infelicidad. Es un temperamento, una de las cuatro configuraciones básicas del ser humano, según la tradición antigua. Se trata de un color, una tonalidad con la que atravesamos la existencia, y con esta idea pude salirme de mi intento de sufrimiento por la idea limitante.
Aprendí que todos tenemos un poco de cada tono, pero tenemos uno que es más marcado que los demás. Son:
– Sanguíneo: Alegre, expresivo, sociable. Optimista natural. Busca estímulo, novedad, conexión. Se recupera rápido de los bajones. Este es el que yo veo y considero chispa, carisma, gozo visible que hace que la configuración de su vida y sus relaciones respondan a esto que le corre por la sangre.
– Colérico: Intenso, decidido, orientado a la acción. Líder natural. Energía fuerte, voluntad marcada. Puede ser impaciente o dominante. No necesariamente es alegre pero sí vital y potente.
– Flemático: Tranquilo, estable, pacífico. Poco reactivo emocionalmente. Constante, confiable. Evita el conflicto. Es más sereno que eufórico. Su bienestar es más plano pero sostenido.
– Y por último, los que son como yo: Melancólico:
Profundo, reflexivo. Sensible a la pérdida y al sentido. Perfeccionista. Emocionalmente intenso hacia adentro.
Somos personas que percibimos lo invisible y eso quiere decir que sentimos el ambiente, la energía en movimiento para bien o para mal, y eso nos sobrecarga. Sentimos nostalgia incluso (o sobre todo) en los momentos bonitos de la vida. Vivimos la alegría con intensidad, pero siempre con conciencia de su fragilidad, lo cual nos duele porque sabemos de sobra que terminará.
Nuestra composición de vida y el entorno en que nos construimos, generalmente está acompañado de padres poco expresivos o que no pudieron darnos entornos emocionales tan cálidos. Parejas no muy efusivas y donde su expresión del amor no es la más llena de emocionalidad. No tuvimos espacios y escenarios de expresión de espontaneidad porque de alguna manera tuvimos que comportarnos con cautela en un mundo emocional que resultaba frágil o peligroso, cargado.
Muy bien, el primer paso está dado y me gusta muchísimo, entender de qué se trata.
Ahora me encuentro ante esta comparación y me doy cuenta de que no siempre la alegría expansiva implica profundidad y que la melancolía no implica ausencia de amor, aunque a veces pueda sentirse que lo que no se está amando es la vida misma. Me encuentro confundiéndome entre la intensidad y la plenitud y creyendo que estoy haciendo algo mal, que debería hacer más y repasando todo lo que hago por mí, mi vida y mis relaciones, sabiendo que allí no está la respuesta. Entonces, ¿dónde está? Pues lo primero que hay que preguntarse es ¿qué es lo que hay que cambiar?, pero antes de eso, ¿hay que cambiar algo?, y propongo que la respuesta sea no. Porque la pregunta no debería ser ¿cómo me vuelvo más chispa?, sino ¿cómo hago para que mi profundidad esté al servicio de la vida y no de la comparación? Y con la pregunta adecuada, vino la respuesta que buscaba.
Lo necesario a reconocer aquí es si ese temperamento melancólico genera en nosotros una melancolía integrada o una melancolía congelada. Por supuesto, si es congelada hay que actuar, moverla, calentarla, para que pueda integrarse adecuadamente. Cuando es integrada es una base suave, es una melancolía que acompaña la vida, pero no la bloquea. Permite crear, escribir, sostener procesos profundos, sin que estos nos lleven y nos dejen en el pantano de dicha profundidad. Cuando la melancolía está congelada es cuando la tristeza se vuelve identidad y cuando se cree que «soy así»; se dejan de abrir puertas, la vida se vuelve triste.
Yo me he confundido mucho, he creído que esto tenía que ver con la ingratitud y con la maña de mi mente que me llevaba siempre a ver el lado «malo» de la vida, lo cual me hacía sentir peor porque me sacaba completamente de la posibilidad de ser tranquilamente yo.
Es por esto que hoy puedo entender que no todos vinimos a vivir desde la euforia, no solo porque en cada encarnación escogemos formas diferentes de expandirnos, ni tampoco porque nuestra configuración actual no nos lo permite. Es porque algunos vinimos para vivir desde la profundidad, que tiene otro tipo de brillo.
No es chispa.
Es brasa.
La chispa ilumina rápido. La brasa calienta largo. ¿Qué sería de la una sin la otra?
Así que hoy quiero decirle a todas las «Carolinas» que como yo han sentido que están mal por compartir conmigo este tono de vida, que estamos bien, y que en vez de cambiar de trabajo, de pareja, tener aventuras excitantes, buscar algo que nos haga sentir euforia, reprocharnos las decisiones que hemos tomado o echarle la culpa a nuestros padres, trabajemos simplemente en soltar el capricho que agarró la melancolía de estarse congelada, e integrarla con madurez a nuestro cuerpo, a nuestra forma de ver el mundo, a nuestra manera de ponerle color a la existencia.
Los colores fríos también son necesarios para que la composición del color esté completa en esto que se llama existencia humana.
Dejemos de buscar ser lo que no somos, y de culparnos por no hacerlo de otra manera. Dejemos – sobre todas las cosas – de compararnos y más bien, inspirémonos en todo aquello que toca nuestro corazón y de una manera tan única nos hace sentir la belleza de la vida, en presencia y consciencia de la muerte.
Comprendo entonces ahora que no necesito cambiar mi temperamento, necesito ampliarlo. Permitir más juego, más movimiento, más experiencias que ensanchen, pero a mi estilo. No para dejar de ser quien soy sino para que mi tono madure. Porque la brasa no hace ruido, pero calienta profundo.
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