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Crónica de una niña que se perdió mirándose con los ojos equivocados

No tengo un recuerdo de mi infancia en donde mi cuerpo no estuviera siendo evaluado, y juzgado. A veces para bien, muchas veces para mal. Me dijeron, mucho antes de que yo pudiera tener una mirada personal, que tenía piernas de reina de belleza, una nariz grande, que era gorda, demasiado blanca y que tenía la nalga caída incluso antes de que algún músculo pudiera aflojarse. Que mis senos grandes eran demasiado grandes, demasiado pronto. Que me regalarían una cirugía de nariz cuando fuera mayor de edad. Me dijeron que a las gordas solo las quería la mamá. Que no iba a querer ser como las primas de mi mamá que eran obesas. Me dijeron que comer mucho engordaba, que el dulce era engordador. Me dijeron que era insegura, que tenía baja autoestima. Que iba a seguir engordando más y más y más, y pronto no podría caber en ninguna parte. Me dijeron esto muchas veces, por mucho tiempo, desde que era muy chiquita.

Hubo una sola mujer que me dijo que yo tal y como era, estaba bien, y que no era gorda, que simplemente tenía una contextura gruesa. Ella era la única que quería que yo supiera que estaba bien. Pero no supe oírla, incluso en sus palabras encontraba ataque, aunque fuera todo lo contrario lo que me estaba dando. Ella fue la única y es a la que más me parezco físicamente. Seguramente por eso me lo dijo. Lástima que no supe oírla. Lástima que el ruido de afuera fuera tan fuerte que no pude contemplar nada más, nada diferente. 

Desde los 10 años me llevaron a una dietista, empezaron las restricciones, las mediciones despiadadas, las felicitaciones por rebajar, las miradas de juicio por volver a subir de peso, los pellizcos con ese aparato terrorífico que medía la grasa corporal y el miedo porque pronto averiguaría si lo estaba haciendo bien o mal. Desde los 10 años empecé a creer que tenía que cambiarme porque la original que era, estaba mal. A comer de mentiras e incluir “alimentos” dietéticos en mi día a día, a creer que el ejercicio que hacía era siempre insuficiente y que solo era un vehículo para rebajar, no para disfrutar del placer de moverme. Empecé a ser la diferente en mi casa porque cuando todos comían en plato de tamaño normal, a mí me servían en un plato pequeño. Cuando mis dos hermanos hombres mayores tenían que comer mucho para crecer, yo, la única mujer, tenía que comer poco para intentar reducirme. No tuve la oportunidad de crear una narrativa diferente y propia, no había espacio para creer que no había nada malo con como era, no supe identificar que solo se trataba de la mirada despiadada, llena de miedos propios y reducida de las mujeres de mi vida, encarnadas en mamá, tías, amigas y dietistas. 

Pasaron más de 30 años acompañada de esas voces y frases en mi cabeza, que me impedían ver la realidad de mi cuerpo bonito y delgado, el que alguna vez tuve. Me perdí de lo que era porque me veía a través lo que me habían dicho que era. Hoy veo fotos de todos esos años y no puedo creer lo confundida que estuve y lo mal que estaba viendo. Me lo perdí. 

Y ahora, desde hace unos años, mi cuerpo cambió y se convirtió en eso que siempre creyó ser. Ahora sí, muchos kilos más, mucho volumen más. ¿Qué pasó? No lo sé. Por más que trato de entender qué fue lo que pasó que hizo que desde que tenía 27 años hasta ahora, mi cuerpo aumentara 18 kilos, no logro entenderlo. Y francamente me he cansado de intentar entenderlo. 14 años, 18 kilos. En los últimos 4 años la mitad de kilos. No sé qué fue lo que pasó, pero estoy por creer que más de 35 años de pensamientos alrededor de lo que era, en donde me creía gorda, hicieron que mi cuerpo se alineara con esa “verdad” y ahora lo materializó. 

Hoy con 41 años me encuentro ante la ecuación imposible de resolver acerca de cómo bajar de peso, mientras cuido mi cuerpo y mi salud, le doy lo que se supone que necesita y sigo disfrutando de la vida y sus placeres, sin pensar que el placer es igual a pecado. La ecuación no logro resolverla, pero me doy cuenta de que tengo una opción al lado, que no le apunta a su resolución, pero sí a la posible paz de mi corazón: Comprender, aceptar y dejar de pelear con esta que soy. Asumir que sí, soy y seré la gorda del parche, rodeada de mujeres con otras características corporales, mucho más delgadas que yo. Sí, soy la gorda de la piscina en todos los paseos. Soy la gorda del baile en todas las fiestas. Soy la gorda del parche en todos los grupos a los que pertenezco. Sí, lo soy. La más blanca, con más celulitis, más gorda, más flácida. Sí, lo soy. Todas las otras mujeres (de mi vida) son diferentes a mí. Así como he asumido a las y los otros más millonarios, más exitosos, con familias más armoniosas que la mía, también asumiré a las otras más flacas.

Y ellas con sus cuerpos seguirán siendo un recordatorio amoroso de que lo importante del cuerpo no es el volumen ni es aspecto, sino lo que podemos hacer con él. Porque aun con mi cuerpo gordo, estoy en esas mismas piscinas y paseos, voy a esas mismas fiestas y bailo, me siento en esas mismas mesas de cenas entre amigos y me río con ellos, voy a esos mismos encuentros y me gozo la vida. Ellas y sus cuerpos serán por siempre ese recordatorio amoroso de que lo que me dijeron no era verdad, porque soy y he sido «siempre» gorda y amada. La única que me quiere hoy no es mi mamá. Hay muchos más que me aman de verdad. Y por eso es que sé que lo que me dijeron, no era verdad. Esos cuerpos son un recordatorio amoroso de que hubiera querido que fuera diferente y que en algún momento lo fue, pero que lo que hoy es, es y ya. 

Porque también esta que soy, metida en este cuerpo gordo, es muy saludable, muy consciente, muy espiritual, muy exitosa en lo que hace, muy amada y ama mucho, muy inteligente, muy capaz, muy fuerte, muy divertida, muy generosa, muy coherente, muy feliz. Soy la del pelo bonito, la de los ojos que al ponerse bajo la luz del sol toman un color hermoso, la de las pecas en la cara que tanto nos gustan en la familia. La de los dientes y sonrisa bonita, de cara bonita, que siempre huele rico y que cuando se ríe a carcajadas, contagia alegría. Sí, esa también es la que soy.

No quiero hacer de esto una oda a la aceptación corporal ciega, porque quien más que yo para saber que no es tan sencillo y que duele lo suficiente como para saber que no pasa mágicamente, que no se trata simplemente de escribir una entrada llena de palabras bien intencionadas para empezar a verlo con claridad. No. No voy por ahí. Es más bien un himno a la vida, esa que se presenta de tantas formas y colores, y es sobre todo una rendición absoluta ante lo que la vida es, porque no hay de otra, esta es la que soy. La nieta de la única mujer que al crecer me dijo que estaba bien como era y a la que no le creí, pero que hoy veo reflejada en mi cuerpo en cada peca, en cada hueco de celulitis, en cada gordo en las caderas, en cada pedazo blanco de piel, que ella también tenía. 

Es que soy como ella, la única que hace muchos años supo que me estaban metiendo en una trampa que no mataba, pero de la cual sería muy difícil liberarme. Este es un himno para ella y para mí, porque en su vida quienes tuvimos el placer de tenerla cerca, vimos mucha belleza y en ella mucho amor. Así que con mi rendición seguiré alimentándome nutritivamente, haciendo ejercicio para fortalecer mi cuerpo y procurar seguir moviéndolo en libertad, cuidando lo que entra en él, y seguiré también siendo la gorda del parche, declarada públicamente y reconocida a conciencia. Ya veremos si de esto era que se trataba todo y si puedo por fin salir de ese hechizo que pusieron en mi existencia desde que tengo memoria.

De lo único que estoy segura es de que mi esposo, nuestro hijo, mis consultantes, mis amigos y mi familia (incluidas mi mamá y esas tías), no me amarán ni más ni menos por hacer esta declaración, y que la parte del hechizo que se trataba de aspecto físico = cantidad de amor disponible, se ha roto para siempre. 

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