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Cuenta la historia que había una niña que todas las noches soñaba lo mismo: vivía en una casa de piedra al lado de un río, el clima era frío, los pájaros cantaban. A su lado, un hombre al que amaba, con el que se sentía segura, en casa. Ella le hablaba y él solo la miraba, no decía nada. Nunca decía nada. A veces no la miraba siquiera, pero siempre estaba a su lado. Ella lloraba porque él no quería hablarle, le pedía una palabra que jamás pudo darle. Vivieron toda la vida juntos, él en silencio, mirándola a su lado; ella pidiéndole una palabra; los dos amándose.

La niña creció soñando lo mismo cada noche y un día se propuso buscar al protagonista de su sueño. Buscó en los pueblos cercanos, le preguntó a todos los que conocía si habían visto en algún lugar aquel que podría ser su amado, lo buscó por años. Un día, siendo ella una joven, vio a un hombre y le pareció extraño, era como si ya lo conociera, aunque jamás lo había visto. No pensó que fuera el hombre que buscaba, solo lo vio. Siguió recorriendo pueblos y montañas, imaginando su encuentro, construyendo en su mente el momento en que lo tendría para ella, pero esta vez, diferente al sueño, lograría que le hablara.

Este hombre al que conoció aparecía en todas partes. Se convirtió en alguien importante para ella y empezó a ocupar tantos espacios en su vida que un día decidió no buscar más y escapar de su fantasía sin fin en los brazos de aquel que creyó que era solo uno más.

Fue tan feliz a su lado y construyeron una relación tan bonita, que sin darse cuenta dejó de tener su sueño recurrente y olvidó aquella historia. Solo vivió, solo se enamoró. Todo de él le gustaba, su sonrisa, sus manos, sus abrazos, su compañía. No quiso ver lo que no le gustaba, no era importante para ella. Hubo un día en el que empezó a pasarle que al estar con él sentía que su garganta se volvía seca y un vacío sacudía su pecho. La primera vez pensó que no era nada serio, pero comenzó a darse cuenta de que estaba sintiendo esto desde hacía un tiempo, y que pasaba siempre que estaba con él, cuando le contaba sus cosas.

Empezó a sentirse muy sola, incluso estando con él se sentía sola. Al hablarle no decía nada, este hombre, su amado, era mudo – como en el sueño – y ella no lo había notado. Estaba tan feliz con sus abrazos, con sus besos, con su presencia, que no se había dado cuenta de que al hablar de ella, su amado se enmudecía. Cuando se trataba de cualquier otra cosa, hablaba y mucho, pero si se trataba de sus emociones, de sus pensamientos, de su vida, solo callaba. Un día lo recordó, ese sueño que había tenido por tantos años y que había olvidado, y se dio cuenta de que sí lo había encontrado. Llevaba años viviendo con ese hombre que no pronunciaba palabra, aquel con el que vivía feliz al lado del río, pero en silencio cuando se trataba de su corazón.

Lloró 3 días y 3 noches. Estaba desconsolada. Como él nunca hablaba de sus sentimientos, no lo notó. Sintió frustración, rabia, tristeza y soledad. No logró lo que quería, tan solo una palabra de su amado. Así que se lo pidió, le dijo que necesitaba oírlo y él no lo entendió. «Pero si siempre hablo» le decía, y al explicarle que necesitaba más de él, simplemente no lo comprendió.

Sus peticiones fueron en vano y tuvo que tomar una decisión, o se quedaba con el protagonista de su sueño y sentía en su silencio también el amor, o se iba de su lado.

La simple idea de dejarlo le pareció descabellada, no tenía sentido para ella. A su lado entendía la vida. ¿Cómo irse?. Así que decidió quedarse. Solo le hizo una pregunta: «¿Tú me amas?». Por supuesto, respondió.

Empezó la búsqueda más difícil de su vida, incluso más difícil que cuando lo buscaba por los pueblos y montañas. Decidió creerle que la amaba y quiso buscar ese amor que se ubicaba detrás de su silencio. Leyó libros y se encontró con los lenguajes del amor. Aprendió que esto que llamamos amor se siente y se manifiesta de manera diferente para todos, ¡no podía creerlo! Había estado muy confundida.

Descubrió que cuando ella hablaba con atención, le daba a los otros esa chispa de energía llamada amor, pero que no para todos era igual, y por supuesto para su amado no lo era. Él entregaba la suya cuando tenía actos de servicio y se preocupaba por resolver todo lo que ella necesitaba. Comprendió que detrás de cada silencio de él, lo que había era un viaje al mundo de la confusión y que prefería callar porque se sentía muy lejos de ella, de su manera de ver el mundo, de su gran capacidad de conexión. Definió que la soledad que sentía no tenía nada que ver con su silencio y que en él – si se lo pedía sin reproches – podía encontrar una caja vacía a la espera de ser llenada con sus pensamientos. No podía pedirle que los transformara en nada más, porque eran solo de ella, pero sí podía recibirlos y cuidarlos con amor. Decidió dejar de pedirle lo que ahora sabía que no podía darle y aprovechó su silencio para seguir experimentando el misterio de la palabra amor, ese que encontraba en el resto de las personas, en su capacidad de sentir, en la risa de los otros, en la vida que la invitaba a soltar sus ideas pegajosas y a dejar en el mundo de los sueños el dolor por no recibir esa palabra. Fue en ese mundo que ella creyó que sus palabras se lo darían todo, dándose cuenta de que todo lo que quería para ella lo podría construir, no necesitaba pedírselo a nadie más.

Y cuando estuviera muy deseosa de palabras, se sentaría a escribir, para visitar el mundo de las frases, de las ideas, de los pensamientos y así darse un poco de aquello que le estaba haciendo falta.

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